Nota editorial (2026): reseña publicada en enero de 2012. El restaurante ya no está en funcionamiento y el dominio que usaba ha sido ocupado por un sitio ajeno sin relación con el negocio, por lo que no enlazamos ninguna dirección web. Este texto se conserva como testimonio de una época concreta de la cocina japonesa en Barcelona.
Cuando lo visitamos, Iki no era «otro japonés más». Su propuesta era un mestizaje deliberado: base japonesa, despensa mediterránea y guiños sudamericanos y marroquíes, con una ambición técnica que recordaba a la cocina de autor catalana del momento. En 2012 esa mezcla todavía sonaba arriesgada; hoy ese lenguaje —el nikkei, la fusión de producto local con técnica nipona— se ha normalizado en cualquier capital gastronómica.
Estaba en la calle Aribau, una de las arterias con más densidad de restaurantes del Eixample, y era fácil pasar de largo: la fachada era discreta y todo el trabajo estaba dentro. La sala se ordenaba en tres tiempos. Primero, una cocina acristalada que permitía ver a los cocineros trabajar el pescado crudo, un gesto de transparencia poco común entonces. Después, el comedor, decorado con una iconografía híbrida entre Japón y Barcelona. Al fondo, un teppanyaki que solo se encendía por reserva previa.
En la mesa, lo más sólido era la materia prima: sushi y sashimi cuidados, cortes limpios y pescado en buen punto. Donde el restaurante se divertía era en las tempuras, con una versión de calçots que resumía toda su tesis —un producto profundamente catalán, de temporada, tratado con técnica japonesa—. Y el final era memorable: un helado de sésamo negro, amargo y tostado, que evitaba el azúcar fácil de tantos postres «asiáticos» de la época.
Releído más de una década después, el interés de Iki es casi documental. Fue uno de los locales que ensayó en Barcelona la fusión que después se volvió tendencia, y su desaparición recuerda lo frágil que es la restauración de barrio, incluso cuando acierta con el rumbo antes que nadie.
