Nota de archivo: reseña de una visita de 2013. Kilo cerró posteriormente; el antiguo dominio ya no pertenece al restaurante y no debe utilizarse como referencia actual. Este contenido se conserva como documento de época.
«Come y bebe que la vida es breve.» Así abría su carta Kilo, y con ese ánimo fuimos a conocerlo. Lo primero que llamaba la atención al entrar era la decoración, con guiños de Mr. Wonderful que aportaban un tono simpático y desenfadado, poco frecuente entonces en la zona.
El ambiente acompañaba: público joven pasándolo bien, en pleno cruce de Balmes con Diagonal, cerca de Santaló y de la sala Luz de Gas, de modo que la velada tenía continuidad natural. La cocina estuvo por encima de lo que la estética hacía prever. De lo que probamos, lo mejor fue la crème brûlée de foie con higos y el suke de salmón, sin desmerecer el kebab de secreto ibérico ni las croquetas, un clásico fácil de plantear y difícil de bordar.
La carta de vinos nos pareció el punto más flojo: algo corta y con demasiados nombres jóvenes por descubrir, a los que faltaba contrapeso de clásicos modernos. En cambio, la oferta de tónicas y ginebras era amplia, pensada para quedarse después de cenar con un plan más tranquilo.
El servicio fue muy atento y simpático —se agradece que atiendan con ganas— y el precio, correcto: cuando coinciden buena cocina y buena sala, la cuenta duele menos. Nuestra recomendación de entonces venía con una advertencia práctica: reservar con días de antelación, porque siempre estaba lleno. Los artículos de Mr. Wonderful podían comprarse en el propio restaurante.
