Nota editorial (2026): reseña original de enero de 2012. El restaurante sigue abierto en la misma dirección, pero hoy opera bajo la marca Thai Barcelona. Mantenemos la experiencia tal como la vivimos y actualizamos los datos de contacto.
Tailandia se ha convertido en un destino de viaje popularísimo, pero disfrutar de su cocina sin coger un avión sigue teniendo mérito. Este restaurante, a un paso de Passeig de Gràcia y muy cerca de plaza Catalunya, ofrecía —y ofrece— una alternativa clara a los locales de tapas para turistas que rodean la zona.
Hay que decirlo con franqueza: la cocina está adaptada al paladar europeo. Quien busque el picante sin concesiones de un puesto de Bangkok no lo encontrará aquí. A cambio, hay producto cuidado, recetario reconocible y una puesta en escena que acompaña. El local siempre estaba decorado con orquídeas recién cortadas, flor emblemática del país, y existía la posibilidad de comer en mesas bajas con fosos bajo el tablero para estirar las piernas, una solución cómoda que imita la postura de suelo sin castigar las rodillas.
Nuestras recomendaciones de entonces, fruto de muchas visitas repetidas a lo largo de los años, eran el yum hua plee —ensalada de flor de plátano, fresca y con un amargor muy agradable—, el kai satay —brochetas de pollo marinado con leche de coco— y, para cerrar, el clásico khao niao mamuang, arroz glutinoso con mango y leche de coco. Un menú sencillo y bastante infalible para una primera visita.
De aquella etapa a hoy, la casa ha evolucionado: reivindica recetas tailandesas con ingredientes frescos y ofrece opciones sin gluten, un detalle relevante en una cocina donde las salsas de soja y pescado suelen complicar las cosas a los celíacos.
