En un pequeño pueblo de la Costa Brava, un gran restaurante. Casamar se asoma a la bahía de Llafranc, en el Baix Empordà, desde una posición privilegiada sobre la cala: una casa señorial de principios del siglo XX que la familia Casellas convirtió en hotel en 1955, cuando Joan Casellas y Maria Balaguer abrieron cinco habitaciones que el auge turístico de los años sesenta amplió hasta la veintena.

El giro decisivo llegó en el año 2000, cuando Quim y María Casellas, hijos de los fundadores, tomaron la dirección del hotel y del restaurante y le dieron una dimensión nueva. La cocina de Quim Casellas es moderna, cuidada y con un toque de sofisticación, pero su discurso no busca el artificio: la casa resume su filosofía en la idea de que evolucionar es volver a la esencia. El producto local y de temporada manda, y el restaurante forma parte del colectivo La Cuina de l’Empordanet y del movimiento Slow Food, dos señas de identidad que explican bastante bien su manera de entender el territorio.

Nosotros optamos por el menú degustación, una sucesión de platos a cual más interesante en la que se reconoce el paisaje del Empordà. Para acompañarlo, el propio chef nos recomendó un Coma Fredosa 2009, un Empordà de notas de picota difícil de encontrar pero que marida a la perfección. Esa complicidad entre sala y cocina es parte del encanto de la casa.

El reconocimiento ha acompañado el proyecto: Casamar mantiene estrella Michelin de forma ininterrumpida desde que la obtuvo, un mérito nada menor para un establecimiento familiar de un pueblo pequeño. En la parte superior sigue funcionando el hotel, sencillo y agradable, aunque en nuestra visita preferimos alojarnos en el Blaumar por las vistas sobre la cala.

Alrededor hay mucho que hacer entre comida y comida: los caminos de ronda de la Costa Brava y los yacimientos arqueológicos de la zona justifican por sí solos el fin de semana.