Nota de archivo: esta reseña recoge la visita de Bon Vivant a Toto en enero de 2013, cuando el restaurante acababa de abrir en el Eixample. No hemos podido verificar que el local siga operativo: el dominio que entonces usaba el restaurante (ilovetoto.es) pertenece hoy a una revista digital ajena al proyecto, de modo que conviene leer este texto como documento de época y confirmar la situación actual antes de planear una visita.
Toto abrió con una idea muy clara de a quién quería sentar a sus mesas. Se presentaba dentro de la órbita del Slow Food y con una puesta en escena que delataba oficio: nada estaba puesto al azar en aquel local del corazón del Eixample, en Valencia 246, a pocos metros de la panadería Crustó y del entonces fenómeno Cornelia & Co. La zona vivía su momento de efervescencia gastronómica y Toto se sumó con ambición.
El espacio llevaba la firma de Lázaro Rosa-Violán, uno de los interioristas que definieron la estética de la restauración barcelonesa de aquella década. La distribución aprovechaba cada rincón: una barra para una copa de vino con tapas o un gin-tonic, un comedor con mesas para parejas muy juntas, al modo parisino, otras para tres o cuatro comensales y las grandes en el centro, además de una cocina abierta con su propia barra.
La carta era corta y bien enfocada: cocina italiana adaptada al gusto barcelonés. Las pizzetas eran el gran acierto —la de rúcula, coppa y parmesano, memorable— junto a los platillos de quesos y embutidos, los carpaccios de carne y pescado, las pastas y risottos, las carnes y pescados al horno o a la parrilla y un carrito de postres. El local se definía también como winebar, con una carta amplia; en nuestra visita acompañamos la comida con un Ribera del Duero y un Dido 2010 del Montsant, ambos por recomendación de sala.
Dos detalles que resumían la casa: el servicio, atento y con criterio, y la costumbre de abrir con un surtido de panes y un caldito, algo a tener en cuenta al pedir para no excederse.
