La porcelana es uno de esos materiales cotidianos cuya complejidad pasa inadvertida justo porque está en todas partes. Se obtiene a partir de una pasta muy elaborada compuesta por tres ingredientes básicos: caolín, cuarzo y feldespato. El resultado es un producto cerámico blanco, compacto, duro y translúcido, y son precisamente esas cuatro propiedades combinadas las que explican su enorme versatilidad, desde la gastronomía y la decoración hasta los objetos de arte o los usos sanitarios y técnicos.
El proceso se ordena en etapas bien definidas: mezcla y amasado de la pasta, moldeado, una primera cocción a unos 900 ºC que da el producto base llamado biscuit, el esmaltado, una segunda cocción a 1.400 ºC y, si se decora, una tercera de nuevo a 900 ºC.
En la primera fase se mezclan con agua todos los componentes hasta formar una pasta plástica, que puede trabajarse con moldes o mediante prensa. Esa pieza todavía blanda entra entonces en el horno.
Durante unas veinte horas a 900 ºC ocurren varias cosas a la vez: la pasta pierde el agua de su composición, se queman las sustancias orgánicas y el caolín se transforma en metacaolín. La materia deja de ser plástica y pasa a ser indeformable, con una porosidad en torno al 25 % idónea para el vidriado. Es el estado conocido como biscuit.
A continuación se cubre la pieza con una película vítrea y se vuelve a cocer, esta vez a 1.400 ºC durante unas veinticuatro horas. Ese salto térmico vitrifica el conjunto y le confiere la dureza, la impermeabilidad y la translucidez características de la porcelana acabada.
Llegado este punto puede decorarse, a mano o mediante calco, con pigmentos obtenidos de óxidos metálicos calcinados; la tercera cocción los integra y da vivacidad al color. Entendido el recorrido, se comprende mejor por qué una vajilla profesional bien hecha resiste años de servicio sin perder el filo de su blanco.
Agradecemos a Pordamsa la documentación técnica que hizo posible este artículo.
