Hay restaurantes que se recuerdan por un plato y otros que se recuerdan por la noche entera.

Tickets fue de los segundos: un bar de tapas en el Paral·lel donde los hermanos Adrià decidieron que la alta cocina también podía comerse de pie, en taburete y sin mantel, con una broma dentro de cada bocado.

Fachada nocturna de Tickets en la Avinguda del Paral·lel, con marquesina de bombillas y letras de feria imitando un cine antiguo
La fachada en el Paral·lel: marquesina de bombillas y nombre de taquilla, a pocos metros de El Molino.

Fuimos a Tickets un Sant Jordi, el de 2019. Habíamos pasado la tarde entre paradas de libros y rosas, con esa marea lenta que toma Barcelona cada 23 de abril, y la reserva era a última hora. Subir por el Paral·lel ya de noche, después de todo aquello, tenía algo de cambiar de decorado sin salir de la misma función.

Y decorado es la palabra exacta. La fachada imitaba la marquesina de un cine antiguo, con bombillas y letras de feria, a pocos metros de El Molino. Era coherente con la avenida: el Paral·lel fue durante décadas la calle de los teatros y los cabarets de Barcelona, y Tickets se plantaba ahí sin disimulo, con nombre de taquilla. Entrabas y no encontrabas un comedor, sino barras, luces de camerino y rótulos pintados a mano, cada rincón resuelto como una escena distinta. La propuesta se entendía antes de leer una sola línea de la carta.

Detrás estaban Albert y Ferran Adrià. Abrieron en 2011, con elBulli ya cerrado, y la pregunta que flotaba entonces era qué harían después de haber reescrito la cocina moderna. La respuesta fue deliberadamente poco solemne: un bar de tapas, con taburetes y barra, sin mantel. La broma tenía fondo, porque esas tapas salían de la cabeza de quienes habían inventado la esferificación.

Dos picos de pan crujiente envueltos en jamón ibérico sobre una servilleta de papel de Tickets
Tapa de barra, sin mantel: picos envueltos en jamón sobre la servilleta de la casa.

De aquella carta se recuerdan las aceitunas esféricas, idénticas a una aceituna y líquidas al morderlas; las conservas tratadas con el respeto de un producto de lujo; el marisco crudo cortado con precisión de bisturí; y un final dulce con espacio propio, La Dolça, porque en Tickets el postre era otro acto y no un apéndice. Lo que quedaba no era un plato concreto, sino la sensación de que cada cosa que llegaba a la barra tenía una broma dentro, y que la broma estaba siempre bien ejecutada.

Tentáculo de pulpo rebozado en panko presentado sobre arena con conchas y alga seca en Tickets
Pulpo con panko servido sobre arena y conchas: cada cosa que llegaba a la barra tenía una broma dentro.

Ganó una estrella Michelin, cosa poco habitual para un sitio donde se comía en taburete. Y cerró. No por fracaso: la pandemia se llevó por delante buena parte del grupo elBarri y Albert Adrià reordenó lo que quedaba. En el mismo local está hoy Enigma, con una propuesta más radical y otro nombre.

Escribimos esto sabiendo que ya no se puede reservar, y eso le da al recuerdo un valor raro. Tickets no era un restaurante caro que se pusiera serio; era un restaurante ambicioso que se permitía no ponerse serio. En Barcelona eso sigue siendo más difícil de encontrar de lo que parece.

Dos mini bocadillos de pan blando servidos en platos de loza azul y blanca sobre la barra de Tickets
Los mini bocadillos, en platos de loza azul sobre la barra de cobre.

Si os interesan los sitios con historia detrás, os hablamos también de Galaxó, otro que ya solo existe en pasado, y de los restaurantes más reconocidos de Cataluña.

Nota de vigencia: esta crónica corresponde a una visita de Sant Jordi de 2019. Tickets cerró definitivamente y no ha reabierto. El local de la Avinguda del Paral·lel 164 alberga hoy Enigma, también de Albert Adrià.